16 de abril de 2017

Renovando

Estamos renovando. En remodelaciones. En realidad jugué un poco demasiado con el Tema del diseño y hubo un momento en el que no hubo vuelta atrás y aquí nos quedamos, con este adefesio de diseño del blog. Hasta que localice la plantilla anterior (la maldición de la otra compu) o la dé por perdida y continue con algo nuevo.

Nuevísimo asunto en este blog: ¡estamos dando pasos a la publicación de un podcast! Se construye con una página de youtube, este blog, una cuenta de PATREON y ya iremos viendo con qué cosas más.

El podcast se llamará Río de la Plata. Básicamente por el principio de la razón autosuficiente.  No estoy todavía muy dispuesto a dar una periodicidad. No. Sin embargo, arrancamos con algo próximamente. Una entrevista a un aspirante a disputar las elecciones para alcalde en Santiago Nuevo León.

Será el primer experimento y quiero irlo documentando por aquí. Todo el equipo es prestado y, en cuanto a lo técnico de la producción seguramente se notará la novedad. Esperamos que el contenido sea útil para toda la comunidad, sobre todo, en esta ocasión, a la hora de pensar en el futuro para Santiago.

Nuestro formato, no será para todos. Seguro. No quiero trabajar el bit. No quiero tener prisa. Aquello de la prisa mata al amor y cosas así. Quiero hablar con quien tengo enfrente y, cuando menos entender su punto de vista sobre las cosas que estamos hablando, con el mejor contra argumento posible en donde estoy y con lo que tengo.  Huiré todo lo posible de lo denso, pero hay que entender que las cosas rara vez son simples.

Voy a invitar a las personas con las que quiero hablar ellas mismas y sobre lo que está pasando a nuestro alrededor y sus ideas al respecto. Espero que encuentren la entrevista interesante. Si quisieran que invitara a alguien, díganmelo en @chuysantos

Para financiar este proyecto, abrí una cuenta de Patreon. Estoy probando con ellos también. El asunto es como sigue: ¿te gusta lo que estoy haciendo? Patrocíname. Comprométete a aportar alguna cantidad con la periodicidad que quieras. Esto me va a servir mucho para invertir mejor en la producción de este espacio que esperamos sea de verdadera utilidad.

De antemano te agradezco.
JS





18 de septiembre de 2016

80 uñas

Una de las muchas cosas de las que me asombro es la cantidad de uñas que se cortan en esta casa.
Nada más de los niños son 80 uñas. Cada dos semanas más o menos. Clip, clip, clip. Algún berrido de vez en cuando para no soltar la costumbre. Clip, clip, clip. Más las de uno. Clip, clip.

Al parecer es notorio como las de los niños crecen más rápido que las de las niñas. Igual que el pelo, dice.

100 uñas cada dos semanas. Más las desveladas, las ojeras, los cansancios, las vueltas a los coles, los desayuno, las comidas y las cenas. Las tareas, el baño, la lectura, la oración, la leche y lo que falta.

Clip.


10 de junio de 2016

Salir del grupo

En estos días mi hija mayor deja el kinder. Después de 7 años y 4 jardines, acabó con la primera de las etapas de la vida escolar. Doctora en kínder. Estos días, también acaban y festejan los que terminan secundaria y preparatoria. Las madres de los que acaban primaria se empeñan también en festejar.

Lo que me llama la atención es que más de una mamá desesperada lo está viendo como la oportunidad perfecta para  abandonar el chat de whatsapp. Hartas de sufrir las inseguridades de sus pares, con preguntas que ya han sido respondidas por la escuela, o pidiendo consejo sobre la mejor forma de gastar el dinero de su marido en lujos que los niños no necesitan, algunas madres huyen del lavadero digital como de la plaga.

Que bueno me parece a mi. Menos ruido es bueno. Más conversaciones de verdad, mejor. Más amigos y más llamadas, más encuentros. Menos wa y menos guato. La oportunidad perfecta de salir del grupo. Al menos durante el verano.


22 de octubre de 2015

Malas palabras

No hay palabras malas. Toda palabra que existe es, por el hecho de existir, buena. Nos pasa, sin embargo, que hay palabras que no queremos que digan los niños y palabras que no queremos que escuchen nuestros cónyuges. Palabras que no permitimos en público, pero que dejamos pasar en privado.

Hace poco explicaba cómo en clase empujo a mis alumnos a usar el mejor vocabulario posible en todo momento. Especialmente al argumentar y debatir. El objetivo es elevar el nivel de la discusión.

Al vocabulario soez lo consideramos de poco respeto a los compañeros y al recinto semisagrado que es el aula. La respuesta de un alumno fue aplastante: "¿Y 'El Bronco'?".

Al él no le exigimos lo mismo y tanto su discurso como los foros en los que discurre son de igual o mayor dignidad que un aula de clases. Pero a él lo dejamos retorcerse en su vocabulario.

Un profesor debe respetar su investidura de maestro, pero ¿el Gobernador no? ¿En qué momento hablar de corrección, propiedad y dignidad empezó a sonar a viejo y superado? A rancio.

Me sorprende que las malas palabras que usamos los adultos y que -tradicionalmente- prohibimos a los niños se conviertan en punto de referencia del vocabulario del Ejecutivo del Estado.

Sin embargo, la laxitud con la que se toma la puntualidad al adulto y la intolerancia con la que atacamos el retardo en el joven son ejemplo de un doble rasero muy propio del regiomontano. Como si en algún momento, al acabar la preparatoria o la universidad, recibiéramos una dispensa general a cualquier defecto del carácter. Pasa igual con las palabras.

No sé qué pensar sobre que el Gobernador del Estado diga malas palabras en público. En el caso de "El Bronco", es difícil determinar si lo suyo es desdén generalizado por lo más fino del idioma o simplemente su estrategia personal: optar por las palabras altisonantes para generar un efecto mediático. Desenmascarar al ciudadano nuevoleonés aludiendo al extremo más pobre del lenguaje.

Si es lo último, el riesgo de atontamiento cultural es mayúsculo. Algo así como los republicanos en Estados Unidos que, para congraciarse con Juan Pueblo, le dan la espalda a la erudición y a la cultura, mofándose de ésta como algo fuera de contacto con la realidad mundana del ciudadano promedio.

Ni los soviets. En serio. Ya lo decía un "dardo" de Lázaro Carreter, esos artículos de corrección idiomática: la lengua, la corrección en el hablar, no es propiedad de unos pocos burgueses elitistas. No, la cultura está al alcance de todos. No debemos separarnos de ese ideal porque el resultado será de ideas deformes y poco desarrolladas, que no alcancen a englobar un concepto o una solución por falta de sustancia.

Las palabras construyen conocimiento, y aunque estamos en un momento en el que la industria de la educación transita del conocimiento a las competencias (del saber al hacer), no deja de ser un importantísimo instrumento de comunicación. Si no tenemos las palabras, no vamos a tener las ideas. Así de sencillo.

También, habrá que admitirlo, navegar el vaivén entre razón y sentimiento posmoderno sin el timón de las palabras produce más de un mareo.

No acuso a los jóvenes de hoy por empezar argumentos con "tipo de que", "o sea", o "haz de cuenta"; no me horrorizo cuando concluyen con el "¿sabes cómo?" o el mordaz "¿sacas?". Sé que no es su culpa. Es culpa de una sociedad -Gobernador incluido- que no ha puesto empeño en alcanzar el ideal deseado de inspirar: en comunicar algo que no se encuentra en Google, en transmitir algo que no se comparte por Facebook.

Es decir: ser capaz de intentar cosas nuevas con un espíritu de innovación y emprendimiento, de conversar con todos y cada uno, sin prisa y con ganas de entender; y finalmente, de ser íntegro, intacto, entero, no alcanzado por el mal. Ser lo mejor posible.

Irá en detrimento nuestro encumbrar a quien alude al extremo más pobre del lenguaje en un intento de congraciarse con el pueblo. Deberíamos buscar la integridad en la virtud, que exige esfuerzo. Como el vocabulario.

 
 
El autor es editorialista invitado, educador y estudió Periodismo en la Universidad de Navarra.

 
chuysantos.blogspot.com

20 de agosto de 2015

Claudicar



Parece trágico lo que le pasó a Acción Nacional. Si fuera persona y no institución, no reconoceríamos en el viejo mañoso y desfigurado al joven brioso y enérgico, al de la brega de eternidad que alguna vez fue. Se disolvió en el mismo vicio que inflamaba su protesta y su oposición.

Desdibujada quedó la impronta democristiana. Sus más grandes nombres hacen mutis. Otros abandonan cansados y frustrados sus filas, quizá con la esperanza de ir por la libre, o de aliviar su conciencia con la denuncia personal. Desde don Fernando hasta, estos días, Tere Madero.

La gran crisis de los partidos es fruto de una todavía mayor crisis de valores y virtudes personales entre sus adeptos. Parecería imposible, para un profesional con familia, resistir la tentación de vivir del erario, de ser un humilde servidor público y asegurar el ingreso, cuando menos por un periodo determinado. Sin embargo, esa actitud no enaltece ni al partido ni al servicio público.

Me pregunto si será una tentación similar a la que sufre un joven sin estudios y con necesidades económicas de entrar al narco por 8 mil pesos quincenales.

¿Por qué abstenerse de un salario que me permitiría vivir mejor que la mayoría? Un sueldo que mantendría a mi familia en una posición cómoda, en buenos colegios, buena casa, buenos coches y buenas vacaciones.

Quizá, aprovechando las conexiones y los conocidos, podría generar también un poco más de dinero. Un extra. Sin que retumbe en la conciencia el haber robado, defraudado o incumplido con la justicia.

El hombre es capaz de racionalizarlo todo. Y una vez racionalizado, tiene el poder social para generar un ecosistema en el que esas justificaciones para las conductas indebidas sean una total y completa normalidad.

Parecería que a través de leyes, influencia en los medios y en la narrativa común, reordenamiento de los programas educativos y tres kilos de voluntad y tesón, se puede hacer que algo que no es real, lo sea. Este contrato social posmoderno es lo suficientemente poderoso para acallar la conciencia de la mayoría.

Esta época de cambio pone el deseo por encima de la razón. Cuando esto sucede ya no hay orden moral que se sostenga, porque no gobierna lo que pienso, sino lo que quiero. Cualquier cosa que me apetezca puede ser justificada, racionalizada, para legitimar el deseo. Generaciones completas de universitarios y gente ilustrada están siguiendo la tonada alegre de este flautista de Hamelin.

Los que todavía permanecemos -o queremos permanecer- del otro lado de la ecuación vemos cómo nos convertimos en una minoría. Atestiguamos el cambio de colores de la gente con la que hicimos la prepa o la secundaria. Nuestros amigos abandonan los ideales con los que se comprometieron como quien cambia de camisa: con entera naturalidad.

Ser congruente ya no es serio, sino recalcitrante. Ser honesto e íntegro es quedarse fuera del progreso. Pensar que hay mejores formas de ser persona, atenta contra el ecosistema del deseo racionalizado. Es decir: obrar equivocadamente no está mal, si todos estamos de acuerdo.

Podríamos pedir que quienes quieran ingresar a un partido político se expongan a golpizas por parte de los porros del partido contrario. Como cuando un joven militante de Acción Nacional pitó con un silbato en la toma de protesta de Sócrates Rizzo como Alcalde de Monterrey en diciembre de 1988. Un buen examen de admisión a la política. Pero ya no son esos tiempos.

Abandonar un partido político es un gesto. Abandonar los propios ideales es una verdadera tragedia. Ojalá no estemos condenados a eso. Mientras tanto, si vamos a ser menos, esforcémonos por ser mejores.

Renovando

Estamos renovando. En remodelaciones. En realidad jugué un poco demasiado con el Tema del diseño y hubo un momento en el que no hubo vuelta ...